Una refutación del monergismo del libro de Gordon H. Clark “God and Evil, The Problem Solved”

Por Steve Morrison, 17 de septiembre de 2023

 

Introducción: distintas clases de calvinistas

 

   Una manera de clasificar a los cristianos calvinistas consiste en distinguir entre sinergistas y monergistas. Los sinergistas, entre quienes también se cuentan cristianos no calvinistas, creen que existe una interacción entre la gracia de Dios y la libertad humana por medio de la fe. Los monergistas, en cambio, sostienen que no hay interacción alguna —ni hace falta— entre la gracia de Dios y ninguna otra cosa; los monergistas creen que no tenemos libre albedrío, sino que este se halla enteramente controlado. Absolutamente todo sucede porque fue del beneplácito de Dios decretar cada cosa, tanto la mala como la buena.

 

   Una consecuencia del monergismo es que la cuestión de por qué Dios permite el mal se vuelve sumamente sencilla: en realidad Dios decretó cada uno de los pecados porque quiso el mal o, como algunos lo expresan, porque así fue su beneplácito.

 

   ¿Acaso el monergismo convierte a todos —incluso a Satanás y a los demonios— en meros títeres que serán arrojados al lago de fuego por haber agradado a Dios en aquello que Dios obligó a su voluntad a escoger? Los sinergistas dirían que resulta evidente que así es, pero Clark ofrece un par de respuestas para explicar por qué no somos títeres. Las examinaremos en breve.

 

Así pues, la pregunta central de este ensayo es cuál de las dos afirmaciones es verdadera:

 

Dios decretó cada pecado porque así lo quiso

frente a

Las personas pueden elegir aquello en lo que Dios no se complació. Lucas 7:30; Jonás 2:8; Isaías 66:4; Jeremías 19:5-6; 32:35

 

No se trata de un asunto menor. A causa de su teología monergista, Clark no formó parte de la Iglesia Presbiteriana en América (PCA).

 

Gordon H. Clark cree tener “el problema resuelto” para responder a la pregunta de cómo Dios permite el mal. Examinaremos las deficiencias de su intento de solución y sus consecuencias. Mostraremos por qué esa solución superficial resulta incongruente con numerosos pasajes de la Escritura. Después presentaremos una solución congruente con ella.


 

Otros monergistas y supralapsarios

 

Clark dedica bastante tinta a señalar que no está solo en su postura. Aunque no he leído a muchos calvinistas que estuvieran de acuerdo con él, Arthur W. Pink, John Owen y el bautista John Gill sí lo estarían. Además, se estima que apenas un 5 % de los calvinistas son supralapsarios, y Clark, Pink y Gill lo son, en cuanto creen que los decretos de Dios de salvar a unos y condenar a otros fueron anteriores al decreto de la caída. John Owen enseñaba que la Escritura deja margen suficiente como para no poder afirmarlo con certeza.

 

Esto es lo que dice A. W. Pink en The Sovereignty of God p. 194: “Para expresarlo ahora en su forma más contundente, insistimos en que Dios hace lo que le place, solo como le place y siempre como le place; y en que cuanto acontece en el tiempo no es sino la realización de aquello que Él decretó en la eternidad”.

 

“…no solo tenía Dios un perfecto conocimiento anticipado del resultado de la prueba de Adán, no solo vio su ojo omnisciente a Adán comer del fruto prohibido, sino que decretó de antemano que así debía hacerlo. Esto resulta evidente no solo por el hecho general de que nada sucede salvo aquello que el Creador y gobernador del universo ha propuesto eternamente, sino también por la declaración expresa de la Escritura de que Cristo, como Cordero, ‘ya destinado desde antes de la fundación del mundo’ (1 Pedro 1:20)”. (A. W. Pink, The Sovereignty of God p. 249; cursivas en el original).

 

Como lo expresó el supralapsario Teodoro de Beza: “La caída del hombre fue tan necesaria como admirable”.

 

Múltiples definiciones del libre albedrío

 

Existen varias maneras de definir el libre albedrío.

 

No bíblica: Muchos calvinistas definen el libre albedrío como decisiones y acciones enteramente libres que las personas pueden realizar con independencia de la soberanía y del control de Dios. Así, si el libre albedrío existiera conforme a esta definición, Dios no sería verdaderamente soberano sobre el universo. Todos los calvinistas rechazan el libre albedrío entendido de esta manera. ¡Y todos los cristianos deberían rechazarlo también! Sin embargo, solo conozco dos grupos que sostengan esta definición del libre albedrío: los seguidores de una teología extrema llamada teología del proceso o teísmo finito, y algunos calvinistas mismos, cuando desean subrayar aquello a lo que se oponen.

 

Bíblica: La mayoría de los cristianos, incluidos los cristianos primitivos, empleaban el término para referirse a las decisiones y acciones de las que Dios nos ha hecho responsables. Somos culpables de las malas elecciones que tomamos. Dios no forzó ni nuestras acciones ni nuestra voluntad, pero sabía de antemano lo que haríamos, e incluso se sirve de nuestras elecciones como parte de su plan. Muchos calvinistas estarían de acuerdo con esto, salvo que lo llamarían libre agencia, para distinguirlo de la primera definición. No obstante, los cristianos primitivos siempre emplearon el término “libre albedrío” con este sentido. Lucas 7:30; Mateo 23:37; Jonás 2:8 y otros pasajes muestran que las personas pueden tomar decisiones de las que son responsables. En otras palabras, estas eligieron cosas en contra del beneplácito de Dios, como lo demuestran Jeremías 19:5-6; 32:35.

 

Una nota final: ¿hasta qué punto es “libre” nuestro libre albedrío o libre agencia? Dado que solo gozamos de libertad dentro de los límites y del tiempo que Dios ha decretado permitirla, no es una libertad completa. Además, puesto que las personas son seres caídos, aparte de Cristo la voluntad “libre” de una persona se halla en realidad esclavizada al pecado. Por tanto, cuando este ensayo menciona el libre albedrío o la libre agencia, debe entenderse que “libre” no significa completamente libre, sino libre en un sentido limitado y relativo. Aun así, somos lo bastante libres como para cargar justamente con la responsabilidad de nuestro libre albedrío.

 

El ejemplo de Clark: un hombre que dispara contra su familia

 

Como declara sin rodeos Gordon H. Clark, su respuesta es el “determinismo” (p. 18): las personas no tienen libre albedrío. Como ejemplo claro, afirma en la p. 27: “Deseo afirmar con toda franqueza y precisión que, si un hombre se emborracha y dispara contra su familia, fue la voluntad de Dios que así lo hiciera. Las Escrituras no dejan lugar a duda, como ya se ha mostrado, de que fue la voluntad de Dios que Herodes, Pilato y los judíos crucificaran a Cristo. En Efesios 1:11 Pablo nos dice que Dios hace todas las cosas, no solamente algunas, según el designio de su voluntad”.

 

Consecuencias temporales del hombre que dispara contra su familia

 

Examinemos las consecuencias lógicas del claro ejemplo de Clark acerca de un hipotético hombre ebrio que dispara contra su familia. Cuando digo “Dios lo quiso”, no me refiero a que Dios le haya ordenado hacerlo. Más bien, Dios lo quiso en su voluntad decretiva e hizo que el hombre lo hiciera.

 

¿Por qué lo hizo el hombre? Porque Dios lo quiso.

 

¿Pudo el hombre haber obrado de otra manera? No, porque Dios lo quiso así.

 

¿Pudo la familia haberlo persuadido, o correr lo bastante rápido para escapar de ser asesinada? No, porque Dios no quiso que escapara.

 

¿Pudo el hombre haber hecho —o siquiera haber querido hacer— algo distinto? No, porque el hombre hará exactamente todo lo que Dios quiere y no es capaz siquiera de querer, mucho menos de hacer, ninguna otra cosa.

 

Consecuencias eternas del ejemplo de Clark

 

Llevemos el ejemplo de Clark un poco más lejos. Tarde o temprano aquel hombre —llamémoslo “Jim”— muere y comparece ante Dios. Rechazó a Jesús durante toda su vida, y Dios lo envía al infierno. Pero justo antes de ser enviado allá, el hombre pide permiso a Dios para hacerle algunas preguntas, y Dios accede. Las respuestas de Dios aparecen en cursivas. Ahora bien, yo mismo no creo que Dios diría tales cosas, así que digamos que se trata del “Dios M”.

 

Jim: Yo amaba a mi familia; ¿por qué le disparé estando ebrio?

Dios M: Yo hice que eligieras hacerlo.

 

Jim: ¿Por qué me creaste para que disparara contra mi familia?

Dios M: Sencillamente fue mi beneplácito que hicieras eso.

 

Jim: ¿Había alguna manera de que yo hubiera podido evitar dispararle a mi familia?

Dios M: No; yo me aseguré de que no hubiera manera alguna de que evitaras dispararle a tu familia, porque quise que le dispararas.

 

Jim: ¿Tuve algún control sobre la situación?

Dios M: Las personas se engañan creyendo que tienen al menos una pizca de control sobre si algo sucede o no; pero no, las personas no tienen control alguno sobre nada. Si alguien tuviera alguna capacidad libre de influir en algo, yo no sería el Dios soberano.

 

Jim: ¿Por qué me “obligaste” a ser malvado?

Dios M: Yo no te obligué; no te forcé a hacer nada en contra de tu voluntad. Más bien, forcé tu voluntad para que fuera así. Sencillamente dispuse que tuvieras que ser malvado. Lo hice porque así lo quise.

 

Jim: ¿Por qué me envías al infierno por hacer algo que tú quisiste decretar que yo hiciera y que yo no podía cambiar?

Dios M: Porque te hice para que obraras el mal, y sencillamente quise crearte para que sufrieras eternamente, para castigarte por aquello que forcé a tu voluntad a escoger.

 

Jim: ¿Es realmente culpa mía que se me envíe al infierno, o es culpa tuya?

Dios M: No digo que sea culpa tuya que yo te haya hecho obrar el mal; digo que te echo la culpa.

 

Así pues, según Clark, el problema del mal queda enteramente resuelto. El mal no va en contra de la voluntad decretiva de Dios, porque nada va en contra de ella. El mal, en este planteamiento, consiste en que la voluntad preceptiva de Dios difiere de su voluntad decretiva. ¿Por qué hacen el mal las personas? Porque el Dios M las hizo obrar el mal, ya que así lo quiso.

 

De modo que, en la concepción de Clark, el mal se asemeja al bien, pues ambos son “aquello que Dios quiso hacernos elegir”.

 

La mayoría de los cristianos diría: “¡Pero esto no es bíblico!”. En muchos lugares, como Ezequiel 8:6, 17, las personas hacen cosas que no solo entristecen o decepcionan a Dios, sino que provocan su ira. Ahora bien, si Clark tuviera razón, ¿por qué habría de airarse Dios por aquello que Él mismo les hizo hacer? Es más, ¿por qué habría de airarse Dios por cosa alguna, si es su beneplácito decretarla? Sería algo así como encerrar al perro en un armario pequeño durante varios días y luego castigarlo por haber hecho sus necesidades allí. Las consecuencias de la postura de Clark no concuerdan con Ezequiel 8:6, 17 ni con otros pasajes.

 

¿Somos simples títeres? Clark dice que no, pero…

 

Clark es consciente de la objeción de que esto nos reduce a meros títeres. La siguiente cita es más bien extensa, pero resulta necesaria para comprender con justicia su respuesta en las pp. 28-29.

 

   “El punto principal [contra Stuart C. Hackett], sin embargo, es que se supone que el calvinismo reduce a los hombres a títeres.

   Semejante objeción solo podría surgir del desconocimiento de los escritos puritanos. Quizá quien objeta haya visto un capítulo de la Confesión de Westminster titulado “Del libre albedrío”; o quizá haya leído en el Catecismo Menor que nuestros primeros padres fueron dejados a la libertad de su propia voluntad; y entonces, sin leer la literatura de aquella época, supone que el calvinismo oficial es más moderado que la postura que aquí se defiende, y que negar el libre albedrío es hipercalvinismo. Ahora bien, un credo no es un tratado filosófico pormenorizado, y sus expresiones deben entenderse en el sentido que sus autores les dieron. Si ese sentido no resulta claro por el contexto mismo del credo, ha de buscarse en la literatura. Pues bien, la Confesión de Westminster ciertamente habla de la libertad natural de la voluntad del hombre. Tales expresiones podrían parecer concesiones a la teoría del libre albedrío, pero solo lo parecen porque se ha entendido mal el significado de la frase ‘necesidad absoluta de la naturaleza’”.

 

Clark pretende decir que, pese a su formulación superficial, la Confesión de Westminster y otros escritos puritanos no enseñaban realmente el libre albedrío. Si bien puede resultar interesante lo que diversos puritanos creyeron acerca del libre albedrío, ello no viene al caso aquí; el único asunto que nos ocupa es lo que creen Clark y los monergistas. Clark señala que algunos calvinistas hablan del libre albedrío (equivocadamente, en su opinión). Eso también es cierto, pero el tema que nos ocupa es la postura de Clark.

 

Por eso objeto que Clark siente las bases para afirmar que toda nuestra voluntad no es más que un títere y que luego se escude en los puritanos y en otros calvinistas históricos, alegando que ellos enseñaron que no somos títeres. Aquí no me interesa lo que ellos enseñaron; solo me interesa lo que Clark y los monergistas creen y enseñan.

 

Así pues, en su primera respuesta considero que Clark no abordó la pregunta, salvo para decir que otros creían lo mismo que él. Sin embargo, Clark sí aborda la cuestión en su siguiente respuesta, en las pp. 31-32 y 35. Clark sostiene que no somos títeres porque los títeres carecen de voluntad, mientras que las personas (así como los ángeles y los demonios) sí la tienen; solo que no es una voluntad libre. Pero Clark nunca afirma que tengamos más libertad ni más capacidad de elección que un títere. De modo que no somos títeres: es nuestra voluntad la que es un títere.

 

Un títere o un muñeco con caja de voz y un cordón puede incluso hablar. Pero sabemos que en realidad no elige hablar: simplemente habla cuando alguien tira del cordón. Si nuestra voluntad está tan controlada por Dios como el resto de nosotros, entonces seguimos siendo meros títeres con una caja de voz y un cordón por voluntad.

 

Dios no los obligó, sino que hizo que su voluntad lo quisiera. ¿Por qué quebrantan las personas la voluntad preceptiva de Dios? En última instancia, por una sola razón: porque Dios, en su voluntad decretiva, deseó que lo desobedecieran.

 

Los israelitas de Josué no eran títeres

 

Josué 24:14-15 dice: “Ahora, pues, temed a Jehová, y servidle con integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en Egipto; y servid a Jehová. 15 Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová.” (Reina-Valera 1960)

 

Josué 24:22-24: “Y Josué respondió al pueblo: Vosotros sois testigos contra vosotros mismos, de que habéis elegido a Jehová para servirle. Y ellos respondieron: Testigos somos. Quitad, pues, ahora los dioses ajenos que están entre vosotros, e inclinad vuestro corazón a Jehová Dios de Israel. Y el pueblo respondió a Josué: A Jehová nuestro Dios serviremos, y a su voz obedeceremos.”

 

Así pues, se ordenó al pueblo que eligiera; después la Escritura afirma que el pueblo eligió y que se le tuvo por responsable de la elección que hizo. Algunos calvinistas podrían decir que la única elección que los israelitas réprobos podían hacer en Josué 24:15 era a cuáles ídolos servir. Eso no era cierto, puesto que aquí sí eligieron servir al Señor. Pero, aun si fuera verdad lo que algunos calvinistas afirman, seguiría tratándose de una elección suya, lo cual contradiría el monergismo, porque su voluntad no era un títere.

 

O bien su voluntad tenía alguna libertad, o bien no tenía ninguna. Si usted cree que su voluntad tenía alguna libertad, entonces, según lo entiendo, no puede ser monergista como Clark.

 

Si usted cree que nuestra voluntad posee cierto grado de libertad y que, no obstante, Dios es soberano sobre todo y en todo nivel, ¿cómo es que los decretos permisivos de Dios preservan a la vez la soberanía divina y cierto grado de libre agencia en nosotros? Para responder a ello hemos de acudir a la Escritura.

 

Una respuesta más bíblica que la de Clark

 

Aunque a la mayoría de los cristianos el intento de Gordon H. Clark de responder al problema del mal les parece insuficiente, podemos coincidir en que una respuesta no debe juzgarse por el grado de comodidad o incomodidad que nos produzca. Hemos de compararla con la Escritura.

 

Ahora bien, no creo que Clark esté completamente equivocado en todo. Clark y yo coincidiríamos en que Dios conoce con certeza todo cuanto sucede en el futuro (Salmo 139:16) y en que nada ocurre sin que Dios lo permita (Job 1:2; Santiago 4:15). Dios es la fuente de todo bien y la definición misma del bien (cf. Marcos 10:18). Coincidimos también en que Dios hace todas las cosas según el designio de su voluntad (Efesios 1:11; Proverbios 16:4, 33; Romanos 8:28; 11:36). Dios puede hacer lo que le place; controla directamente todo acontecimiento que desea (Isaías 14:24, 27; 43:13; 55:11; Juan 10:26; Hebreos 6:17). Llegaré incluso a decir que Dios podría convertirnos en títeres y controlar hasta el último detalle si así lo quisiera. Pero discrepamos profundamente en cuanto a si Dios controla cada pequeño detalle, lo cual significa que discrepamos en cuanto a si Dios quiere las cosas malas, sea secretamente o no.

 

Coincidimos en que la voluntad de Dios tiene una parte revelada y una parte secreta. Como dijo con perspicacia el calvinista Francis Schaeffer en The Church at the End of the Twentieth Century: “Podemos glorificar a Dios, y tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento afirman que incluso podemos entristecerlo. Eso es algo tremendo”. (Hymns for the People of God n.º 364). Schaeffer no era monergista.

 

En definitiva, ¿todo sucede porque Dios quiso hacerlo suceder, o tiene razón Francis Schaeffer en que algunas cosas pueden entristecer a Dios? La Escritura responde mostrándonos que hay cosas que le rompen el corazón: Lucas 19:41-44; Mateo 23:37-39; Jeremías 4:19-22; 9:1.

 

¿Puede alguien hacer algo que Dios no haya hecho que su voluntad quisiera hacer? Dicho de otro modo: al menos dentro de ciertos límites y por un tiempo, ¿permitirá Dios que alguien haga algo que Él decretó únicamente en sentido permisivo? La Escritura responde que sí, conforme a Hechos 7:39, 51; 4:11; 13:46; 14:2; 2 Corintios 6:1. Más aún, un creyente puede incluso hacer algunas cosas buenas por iniciativa propia, según 2 Corintios 8:17.

 

Dios NO ha elegido controlar directa y expresamente algunos acontecimientos para que sucedan conforme a su deseo, como lo muestran Jeremías 5:29; 8:19; 12:8; 19:5; 32:35; Ezequiel 8:6.

 

Jeremías 19:5-6 dice: “y edificaron lugares altos a Baal, para quemar con fuego a sus hijos en holocaustos al mismo Baal; cosa que no les mandé, ni hablé, ni me vino al pensamiento. Por tanto, he aquí vienen días, dice Jehová, que este lugar no se llamará más Tofet, ni valle del hijo de Hinom, sino Valle de la Matanza”. (Reina-Valera 1960). Jeremías 32:35 dice algo semejante.

 

La respuesta de Clark es una forma de “monergismo”. Un planteamiento más bíblico se denomina “sinergismo”; es decir, existe una interacción entre Dios y las personas. Dios hizo nuestra voluntad para que fuera MÁS que un simple títere.

 

Jeremías 18:5 da a entender con fuerza la interacción, es decir, el “sinergismo”, en contraposición al “monergismo”. Vino a mí palabra de Jehová, diciendo: ¿No podré yo hacer de vosotros como este alfarero, oh casa de Israel? dice Jehová. He aquí que como el barro en la mano del alfarero, así sois vosotros en mi mano, oh casa de Israel. En un instante hablaré contra pueblos y contra reinos, para arrancar, y derribar, y destruir. Pero si esos pueblos se convirtieren de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles. Y en un instante hablaré de la gente y del reino, para edificar y para plantar. Pero si hiciere lo malo delante de mis ojos, no oyendo mi voz, me arrepentiré del bien que había determinado hacerle. (Reina-Valera 1960)

 

Monergistas como Gordon Clark y A. W. Pink creen que Dios decretó cada pecado porque así lo quiso. Niegan que Dios sea el autor o la causa del pecado, y afirman que su deseo de que pecáramos pertenecía a su voluntad secreta, no a su voluntad revelada. No obstante, enseñan que Dios decretó cada pecado porque así lo quiso.

 

Los sinergistas afirman que Dios no decretó el pecado y que lo aborrece. Pero Dios permitió cierto pecado en aras de un bien mayor, y entreteje todas las cosas, incluso el pecado, como parte de su plan.

 

Son demasiados los pasajes, como para enumerarlos, que muestran que podemos agradar a Dios (es decir, producir en Él emociones de complacencia), mientras que otras cosas pueden desagradarle o airarlo. Podría pensarse que nadie sería capaz siquiera de intentar responder a todos ellos. Pero sería un error suponerlo, porque muchos monergistas lo hacen, ya que no creen que Dios tenga emoción alguna. Sostienen que todos los sentimientos profundos que Dios expresa en esos pasajes pueden pasarse por alto como meras acomodaciones para que sintiéramos que nos relacionábamos mejor con Él. Esta postura se denomina antropopatismo, y es el tema del siguiente ensayo.

 

“Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles”. (Reina-Valera 1960)

 

Si el Espíritu no padece molestia física alguna, ¿por qué gime, si carece por completo de emociones?

 

Segunda mirada al ejemplo de Clark, desde el sinergismo

 

Analicemos de nuevo el ejemplo de Clark, conforme a lo que Dios diría con base en la Biblia.

 

¿Por qué lo hizo el hombre? El hombre eligió libremente hacerlo, y Dios, en su soberanía, permitió lo que no quería.

 

¿Pudo el hombre haber obrado de otra manera? Sí; en aquel momento pudo haberlo hecho, pues Dios permitió su elección. Sin embargo, desde la eternidad Dios sabía con certeza que el hombre lo haría.

 

¿Pudo la familia haberlo persuadido, o correr lo bastante rápido para escapar de ser asesinada? Quizá, en aquel momento, pues también ellos tenían su libre albedrío, y nuestras voluntades libres interactúan cuando nos comunicamos. Sin embargo, una vez muertos, ya no. Desde la eternidad Dios sabía con certeza lo que sucedería.

 

¿Pudo el hombre haber hecho —o siquiera haber querido hacer— algo distinto? Sí, y es culpa suya no haberlo hecho.

 

Jim: Yo amaba a mi familia; ¿por qué le disparé estando ebrio?

Dios: Fue culpa tuya. No solo abusaste de tu libre albedrío, sino que también les arrebataste a ellos la posibilidad de elegir la vida. (Véase Jonás 2:8 y siguientes)

 

Jim: ¿Por qué me creaste para que disparara contra mi familia?

Dios: Te creé para que fueras un hombre piadoso. Tú mismo cargas con la responsabilidad de haber rechazado mi plan para ti (Lucas 7:31)

 

Jim: ¿Había alguna manera de que yo hubiera podido evitar dispararle a mi familia?

Dios: Sí. Pudiste no haberte emborrachado, no haber comprado el arma y no haber querido dispararles. Todo fue culpa tuya.

 

Jim: ¿Tuve algún control sobre la situación?

Dios: Las personas se engañan creyendo que otros o las circunstancias las obligaron a hacer algo. Sin embargo, dentro de mi soberanía te he delegado cierta libertad y, con el grado de control que te permití tener dentro de ella, empleaste ese don para el mal.

 

Jim: ¿Por qué me “obligaste” a ser malvado?

Dios: Nadie te obligó; eso lo hiciste tú mismo y solo a ti puedes culpar.

 

Jim: ¿Por qué me envías al infierno por hacer algo que tú quisiste decretar que yo hiciera y que yo no podía cambiar?

Dios: Aunque ahora no elijas ir al infierno, vas adonde te envían las consecuencias de tus decisiones. Pudiste haberlo cambiado. El hecho de que yo supiera de antemano lo que harías no te obligó a hacerlo.

 

Jim: ¿Es realmente culpa mía que se me envíe al infierno, o es culpa tuya?

Dios: Sí, toda la culpa es tuya, y ninguna es mía.


 

Apéndice 1: John Gill sobre Mateo 23:37

 

Lo que sigue procede del Commentary on Matthew de John Gill, sobre Mateo 23:37. Pido disculpas por una cita tan extensa, pero quise asegurarme de recoger el 100 % del contenido y del tono. Mezclado con muchas cosas verdaderas, se ha añadido sutilmente un error teológico muy grave.

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¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina
junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!
Cristo habla aquí como hombre y como ministro de la circuncisión, y expresa un afecto humano por los habitantes de Jerusalén, así como un deseo y una voluntad humanos en favor de su bien temporal; lo cual significa con gran propiedad mediante la gallina, criatura muy afectuosa con sus polluelos, a los que procura resguardar del peligro cubriéndolos con sus alas. …

 No ha de entenderse a nuestro Señor respecto de su voluntad divina, como Dios, de reunir internamente hacia sí al pueblo judío por su Espíritu y su gracia; pues todos aquellos a quienes Cristo quiso reunir en ese sentido fueron reunidos, no obstante toda la oposición de los gobernantes del pueblo; sino respecto de su afecto y voluntad humanos, como hombre y como ministro, de reunirlos hacia sí externamente, por medio y bajo el ministerio de su palabra, para que lo oyeran predicar; de suerte que pudieran llegar a un convencimiento acerca de él y a un asentimiento a él como el Mesías; lo cual, aunque quedara por debajo de la fe en él, habría bastado para preservarlos de la ruina temporal con que se amenaza a su ciudad y a su templo en el versículo siguiente. Ejemplos del afecto y de la voluntad humanos de Cristo pueden observarse en (Marcos 10:21) (Lucas 19:41; Lucas 22:42); voluntad suya que, si bien no es contraria a la voluntad divina, sino subordinada a ella, no siempre coincide con esta ni siempre se cumple, mientras que su voluntad divina, o su voluntad como Dios, siempre se cumple: "¿quién ha resistido a su voluntad?"; esta no puede ser impedida ni anulada; él hace todo cuanto le place. Y además, que esta voluntad de Cristo de reunir hacia sí a los judíos ha de entenderse de su voluntad humana y no de la divina, se manifiesta por lo siguiente: que tal voluntad estuvo en él y fue expresada por él en distintas ocasiones, a intervalos; y por eso dice: "cuántas veces quise juntar", etc.; mientras que la voluntad divina es una voluntad continua, invariable e inmutable, siempre la misma, que nunca comienza ni cesa de ser, y a la cual no cabe aplicar semejante expresión; y por tanto estas palabras no contradicen la voluntad absoluta y soberana de Dios en sus actos distintivos, relativos a la elección de unas personas y al abandono de otras. Y ha de observarse que las personas a quienes Cristo habría querido reunir no son presentadas como no dispuestas a ser reunidas, sino que fueron sus gobernantes quienes no quisieron que lo fueran, ni que se hicieran prosélitos suyos y vinieran bajo sus alas. No se dice: "¡cuántas veces quise juntaros a vosotros, y vosotros no quisisteis!"; ni: "quise juntar a Jerusalén, y ella no quiso"; ni: "quise juntar a tus hijos, y ellos no quisieron"; sino: "¡cuántas veces quise juntar a tus hijos, y vosotros no quisisteis!". Esta sola observación basta para destruir el argumento que sobre este pasaje se funda en favor del libre albedrío. Si Cristo hubiera expresado su deseo de reunir hacia sí a las cabezas del pueblo, a los miembros del sanedrín judío, a los gobernantes civiles y eclesiásticos de los judíos; o si hubiera manifestado cuánto anheló, buscó con empeño e intentó reunir a Jerusalén, a los hijos, a sus habitantes en general, y ni unos ni otros hubieran querido, ello habría tenido cierta apariencia de la doctrina del libre albedrío y habría parecido favorecerla, imputando a la voluntad de ellos mismos el que no fueran reunidos; aunque, si se hubiera dicho "ellos no quisieron" en lugar de "vosotros no quisisteis", únicamente habría ofrecido un ejemplo tristísimo de la perversidad de la voluntad del hombre, la cual con frecuencia se opone tanto a su bien temporal como a su bien espiritual, y más bien mostraría que es esclava de lo malo antes que libre para lo bueno; y sería prueba de ello no en una sola persona, sino en todo un cuerpo de hombres. La oposición y la resistencia a la voluntad de Cristo no provinieron del pueblo, sino de sus gobernantes. La gente común parecía inclinada a asistir a su ministerio, como se advierte por las enormes multitudes que en distintos tiempos y lugares lo siguieron; pero los principales sacerdotes y los gobernantes hicieron cuanto pudieron por impedir que aquella se congregara en torno a él y creyera en él como el Mesías, difamando su carácter, sus milagros y sus doctrinas, y amenazando al pueblo con maldiciones y excomuniones, e imponiendo por ley que quien lo confesara fuera expulsado de la sinagoga. De modo que el sentido llano del texto es el mismo que el de  (Mateo 23:13) y, por consiguiente, no constituye prueba alguna de que los hombres resistan las operaciones del Espíritu y la gracia de Dios; solo muestra qué obstáculos y desalientos se interpusieron en el camino de quienes asistían al ministerio externo de la palabra. Para dejar de lado y derribar la doctrina de la gracia en la elección, la redención particular y el llamamiento eficaz, habría que probar que Cristo, como Dios, habría querido reunir no solo a Jerusalén y a sus habitantes, sino a toda la humanidad, incluso a quienes finalmente no son salvos, y ello de manera espiritual y salvífica hacia sí mismo; de lo cual no hay en este texto el menor indicio. Y para establecer que la gracia de Dios es resistible por la voluntad perversa del hombre hasta quedar sin efecto, habría que demostrar que Cristo habría convertido salvíficamente a ciertas personas y que estas no quisieron ser convertidas, y que les otorgó la misma gracia que otorga a otros que sí son convertidos; siendo así que la sustancia de este pasaje se cifra en estas pocas palabras: que Cristo, como hombre, movido por una compasiva consideración hacia el pueblo judío, al cual fue enviado como ministro de la circuncisión, habría querido reunirlos bajo su ministerio e instruirlos en el conocimiento de sí mismo como el Mesías; lo cual, si ellos lo hubieran recibido siquiera nocionalmente, los habría resguardado, como polluelos bajo la gallina, de los juicios inminentes que después cayeron sobre ellos; pero fueron sus gobernantes, y no ellos, quienes no quisieron; es decir, no les permitieron recibirlo ni abrazarlo como el Mesías. De todo lo cual se desprende que este pasaje de la Escritura, tan comentado por los arminianos y tan a menudo citado por ellos, nada tiene que ver con la controversia acerca de las doctrinas de la elección y la reprobación, la redención particular, la gracia eficaz en la conversión y el poder del libre albedrío del hombre. Esta sola observación basta para destruir el argumento que sobre este pasaje se funda en favor del libre albedrío.

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Sin embargo, aquí hay un problema serio. Si bien las voluntades del Padre y del Hijo son distintas, como lo muestran Mateo 26:39; Marcos 14:36 y Lucas 22:42, John Gill (al igual que los nestorianos) se equivoca al pensar que Jesucristo posee dos voluntades en un solo Ser. Cuando John Gill escribe: “No ha de entenderse a nuestro Señor respecto de su voluntad divina, como Dios, … sino respecto de su afecto y voluntad humanos, como hombre…”, Clark “resuelve” aquí la objeción de Mateo 23:37 introduciendo un antiguo error: el nestorianismo.

 

Un segundo problema es el “oscurecimiento” de Gill. ¿Por qué no habría de importarle a Jesús el bienestar eterno de aquellas personas y le importaría más su bienestar temporal? ¿Por qué habría de preocuparse Dios el Hijo más por la suerte de la ciudad, sin lamentarse por las personas concretas? Gill pretende presentar este pasaje como si tratara únicamente del bienestar temporal de la ciudad. Pero con ello oscurece el punto central del monergismo: que Dios ha decretado absolutamente todo. Siendo así, el bienestar temporal de la ciudad está tan plenamente decretado como el bienestar eterno de cada persona.

 

Un tercer problema es que, cuando Gill afirma que este pasaje no ofrece “prueba alguna de que los hombres resistan las operaciones del Espíritu y la gracia de Dios”, resulta que Jerusalén (y por ende sus gobernantes) sí resistió las operaciones del Espíritu y la gracia de Dios. No hay aquí una gran distinción. Este versículo prueba sin lugar a dudas que alguien opuso “resistencia a las operaciones del Espíritu y a la gracia de Dios”.

 

Entonces, ¿por qué habría de interesarse Cristo por el bienestar temporal de ellos o por su bienestar eterno? La verdadera respuesta es que a Cristo le importaban de veras ambos, porque Dios se relaciona con nosotros de manera interactiva. Pero esto queda fuera de los límites del monergismo.

Apéndice 2: preguntas y respuestas

 

P1: Si Dios no quiere el mal y el mal ocurre, ¿por qué permitió Dios —todopoderoso, omnisciente y bueno— que sucediera?

R: Aquí puede ayudar una ilustración. Durante la Guerra de Independencia de los Estados Unidos, un amigo de George Washington fue sorprendido cometiendo traición y condenado a muerte. George Washington apreciaba a su amigo, sabía que era culpable y pudo haber intervenido para tratar de salvarlo. Pero, aunque no deseaba ver morir a su amigo, no intervino en la ejecución del culpable. Dios no quiere que tomemos decisiones contrarias a Él, pero al parecer valora más la capacidad de elegir que nos concedió que el forzarnos a nosotros o a nuestra voluntad a ser títeres.

 

P2: Puesto que Dios conoce el futuro con certeza (y no con mera probabilidad), ¿no obliga esa certeza a nuestras acciones?

R: No; eso no se sigue lógicamente, sobre todo tratándose de un Dios que está fuera del tiempo. Volvamos a George Washington. Supongamos que leo en un libro de historia que George Washington cruzó el río Delaware. Puedo saber (al menos con toda la certeza humanamente posible) que lo hizo. Ahora bien, por conocer ese acontecimiento pasado, ¿obligué de algún modo a George Washington a elegir cruzar el río Delaware? Por supuesto que no. Supongamos ahora que pudiera viajar en una máquina del tiempo mil años atrás, llevando conmigo el libro de historia. De nuevo: ¿obligaría mi conocimiento (tan cierto como sea posible) de ese acontecimiento (futuro) a que George Washington actuara de determinada manera? Por supuesto que no.

 

P3: ¿Cómo podría Dios tener el control si permite cosas que no quiere?

R: Existen varias buenas respuestas a esta pregunta, y no son excluyentes entre sí.

Decretos permisivos: Charles Hodge, del Seminario Teológico de Princeton, dijo: “Dios nunca decreta hacer, ni hacer que otros hagan, aquello que Él prohíbe. Puede, como vemos que lo hace, decretar permitir lo que prohíbe. Permite que los hombres pequen, aunque el pecado está prohibido”. (Disertación de Curt Daniel, p. 230). En Chosen by God p. 97, R. C. Sproul escribe: “[Dios] ordenó la caída en el sentido de que decidió permitirla, pero no en el sentido de que decidiera forzarla”. Gordon Clark no dice que Dios la haya forzado en contra de la voluntad de ellos, ni que meramente la haya permitido, sino que Dios hizo que la voluntad de ellos la quisiera.

   Históricamente, la idea de que Dios señaló, por ciertos períodos, el permiso para el libre albedrío fue enseñada por Justino Mártir (c. 138-165 d. C.): “Mas, puesto que Él [Dios] sabía que sería bueno, creó tanto a los ángeles como a los hombres libres para hacer lo justo, y señaló períodos de tiempo durante los cuales sabía que les convendría ejercer el libre albedrío; y, por saber igualmente que sería bueno, dispuso juicios generales y particulares, quedando resguardada, no obstante, la libertad de la voluntad de cada uno.” Dialogue with Trypho the Jew cap. 102, p. 251.

Decretos dependientes: Dios no decretó expresamente cada cosa de manera independiente. Como señalan W. D. Smith y Charles Hodge, si bien la obra del bien puede provocar reacciones malvadas en los hombres malvados, tales reacciones no son imputables a Dios, aunque Él también las contempla dentro de su plan.

   Como un cineasta cósmico, Dios decretó expresamente cierto número de acontecimientos concretos y dejó correr la película. Tras revisar varias “tomas”, decretó aquella que más le agradó. Si nosotros podemos borrar y editar cintas de video a nuestro antojo, ¿no podrá Dios hacer lo mismo?

Concurrencia: Louis Berkhof afirma: “La concurrencia puede definirse como la cooperación del poder divino con todos los poderes subordinados, conforme a las leyes de operación preestablecidas, haciendo que actúen y que actúen precisamente como lo hacen”. Curt Daniel (p. 201) añade: “Él actúa en, con y bajo las cosas de la naturaleza”.

   Históricamente, la idea de la concurrencia se remonta hasta Clemente de Alejandría (197-217/220 d. C.), al hablar del faraón frente a Moisés: “Porque Él [Dios] muestra ambas cosas: su divinidad, en su presciencia de lo que habría de ocurrir, y su amor, al ofrecer a la autodeterminación del alma una oportunidad de arrepentimiento.” The Instructor libro 1, cap. 9, p. 229

Conclusión: Quizá el más admirable de los decretos de Dios sea cierta medida de libertad, con la responsabilidad que le corresponde. Aunque Dios no desea, decreta ni quiere el mal de manera directa, sí lo permite (a la manera de los decretos dependientes) como un “parásito existencial”, parte de su plan para cumplir sus propósitos, entre los cuales figuran personas que libremente eligen amarlo.

 

P4: ¿“añadió” Agustín una teoría del libre albedrío, como dice el libro de Clark en la p. 12?

R: Es cierto que Agustín creía en el libre albedrío del hombre y lo trató extensamente, pero no lo “añadió”, pues en modo alguno fue el primer cristiano en enseñar acerca de nuestro libre albedrío. John Owen opinaba que Orígenes fue el primero en introducir el libre albedrío, en A Display of Arminianism cap. 12, pero eso también es incorrecto. El término “libre albedrío” se remonta, cuando menos, al año 150 d. C. aproximadamente.

 

Mathetes to Diognetus (130 d. C.) 2, 10. vol. 1, p. 25 (parcial, pues en realidad no empleó el término “libre albedrío”): “Ven, pues, después de haberte liberado [o purificado] de todos los prejuicios que dominan tu mente”; 1:29: “habiendo sido discípulo de los Apóstoles…”

 

Mathetes to Diognetus (130 d. C.) (parcial): “como Salvador lo envió, y buscando persuadirnos, no forzarnos; pues la violencia no tiene lugar en el carácter de Dios”. Capítulo 7, p. 27. De nuevo, el autor no emplea el término “libre albedrío”, pero esto me suena muy arminiano.

 

Justino Mártir (c. 150 d. C.): “Y, además, si el género humano no tuviera la facultad de evitar el mal y de escoger el bien por libre elección, no sería responsable de sus acciones, cualesquiera que estas sean. Que por libre elección los hombres tanto andan rectamente como tropiezan, lo demostramos así: … Porque Dios no hizo al hombre como a las demás cosas, tales como los árboles y los cuadrúpedos, que no pueden obrar por elección; pues no sería digno de recompensa ni de alabanza si no escogiera por sí mismo el bien, sino que hubiera sido creado para ese fin; ni, si fuera malo, sería digno de castigo, no siendo malo por sí mismo, sino incapaz de ser otra cosa que aquello para lo cual fue hecho”. First Apology of Justin Martyr cap. 43, p. 177

 

Justino Mártir (c. 150 d. C.): “Así también Platón, cuando dice: ‘La culpa es de quien elige, y Dios es inculpable’, tomó esto del profeta Moisés y lo expresó. Porque Moisés es más antiguo que todos los escritores griegos”. First Apology of Justin Martyr cap. 44, p. 177

 

Justino Mártir (c. 150 d. C.): frente a los estoicos, que hablan del destino, Dios hizo a los ángeles y a todos los hombres con libre albedrío. Second Apology of Justin Martyr cap. 7, p. 190

 

Justino Mártir (c. 138-165 d. C.): Jesús no se sometió a nacer y a ser crucificado por necesidad suya, sino por causa del género humano. Dios dotó de libre albedrío tanto a los ángeles como a los hombres. Dialogue with Trypho, a Jew cap. 88, p. 243

 

Justino Mártir (c. 150 d. C.): el anuncio anticipado de Dios no prueba una necesidad fatal ni anula el libre albedrío, porque dicho anuncio procede de su presciencia. “Las palabras antes citadas las pronunció David mil quinientos años antes de Cristo… Pero, para que nadie suponga, por lo que hemos dicho, que afirmamos que cuanto sucede, sucede por una necesidad fatal, por el hecho de haber sido anunciado como conocido de antemano, también esto lo explicamos”. First Apology of Justin Martyr cap. 44, p. 177

 

Atenágoras (177 d. C.): “Así como ocurre con los hombres, que tienen libertad de elección tanto para la virtud como para el vicio (pues ustedes no honrarían a los buenos ni castigarían a los malos si el vicio y la virtud no estuvieran en su propio poder; y unos son diligentes en los asuntos que ustedes les confían, y otros infieles), así sucede también entre los ángeles. Algunos, agentes libres, como podrán observar…” A Plea for Christians cap. 24, p. 142

 

Ireneo de Lyon (182-188 d. C.): “todas esas cosas han sido creadas en beneficio de aquella naturaleza humana que es salvada, madurando para la inmortalidad aquello que [posee] su propio libre albedrío y su propio poder”. Irenaeus Against Heresies libro 5, cap. 24.1, p. 558

 

Ireneo de Lyon (182-188 d. C.): “Y no solo en las obras, sino también en la fe, ha preservado Dios libre y bajo su propio dominio la voluntad del hombre, al decir: ‘Conforme a tu fe te sea hecho’; mostrando así que hay una fe que pertenece propiamente al hombre, puesto que tiene un parecer propio”. Irenaeus Against Heresies libro 4, cap. 37.5, pp. 519-520

 

Clemente de Alejandría (193-202 d. C.): “Pero, puesto que la libre elección y la inclinación originan los pecados, … los castigos se infligen con justicia. Pues contraer fiebre es involuntario; mas cuando alguien la contrae por su propia culpa, a causa de sus excesos, lo culpamos”. Stromata libro 1, cap. 17, p. 319

 

Tertuliano (207/208 d. C.): “Por tanto, convenía que (aquel que es) imagen y semejanza de Dios fuera formado con libre albedrío y con dominio de sí mismo, de suerte que esto mismo —a saber, la libertad de la voluntad y el señorío sobre sí— se tuviera en él por imagen y semejanza de Dios”. Five Books Against Marcion libro 2, cap. 6, pp. 301-302

 

Hipólito de Porto (222-235/236 d. C.): “Puesto que el hombre tiene libre albedrío, la Deidad ha establecido una ley para su guía, no sin responder a un buen propósito”. Refutation of All Heresies libro 10, cap. 29, p. 151

 

Hipólito de Porto (222-235/236 d. C.) (implícito, autodeterminación): “[Jesús] mostrara su propia humanidad como meta para todos los hombres. Y que por sí mismo, en persona, probara que Dios no hizo nada malo y que el hombre posee la capacidad de autodeterminación, en cuanto es capaz de querer y de no querer, y está dotado del poder para hacer ambas cosas”. Refutation of All Heresies libro 10, cap. 29, p. 152. Véase también ibid., p. 151, en dos lugares.

 

Teódoto, probable montanista (ca. 240 d. C.): “Por lo cual Dios ha dotado al alma de libre elección, para mostrarle su deber y para que, al elegir, reciba y conserve.” Excerpts of Theodotus cap. 21, p. 45

 

Orígenes (225-253/254 d. C.) creía en el libre albedrío de cada individuo en Origen Against Celsus libro 5, cap. 21, p. 552. Aunque Orígenes fue, muy lamentablemente, universalista, un gran número de cristianos posteriores lo respetó. No obstante, el Concilio de Calcedonia lo anatematizó en el año 451 d. C.

 

Orígenes (233/234 d. C.) menciona nuestro libre albedrío en  Origen’s Exhortation to Martyrdom cap. 10, p. 149

 

Orígenes (233/234 d. C.) trata del libre albedrío en Origen On Prayer cap. 6.2, pp. 31-33

 

Novaciano (250/4-256/7 d. C.): “Él [Dios] estableció un mandamiento, en el cual se enseñaba al hombre que no había mal alguno en el fruto del árbol; pero se le advirtió que surgiría el mal si acaso ejercía su libre albedrío despreciando la ley que le fue dada. Pues, por una parte, convenía que fuese libre, para que la imagen de Dios no estuviera indebidamente en servidumbre; y, por otra, debía añadirse la ley, a fin de que una libertad desenfrenada no llegara incluso al desprecio del Dador. De este modo podría recibir, como consecuencia, tanto recompensas dignas como un castigo merecido, teniendo en su propio poder aquello que quisiera hacer, según la inclinación de su mente en una u otra dirección:” Concerning the Trinity cap. 1, p. 612

 

Novaciano (254-256 d. C.) (parcial): “Pues, al reprobar lo que Él [Dios] ha hecho, parecerá haber condenado sus propias obras, que había aprobado como buenas; y en ambos casos se le tendrá por caprichoso, tal como en efecto lo pretenden los herejes”. On the Jewish Meats cap. 2, p. 646.

 

Cipriano de Cartago (c. 246-258 d. C.): “puesto que pudieron haber conservado por derecho propio aquello que ahora, por una necesidad que ellos mismos buscaron por su libre albedrío, se ven obligados, se ven obligados a suplicar.” Epistles of Cyprian Epístola 25, cap. 7, p. 305

 

Adamancio (c. 300 d. C.): “El mal no surge como parte de la naturaleza, la esencia o la sustancia del ser, sino por medio del libre albedrío”. Dialogue on the True Faith Cuarta parte, cap. 9, p. 137. Véase también la primera parte, cap. 821c, p. 75, y asimismo el cuarto párrafo, cap. 11, p. 142.

 

Adamancio (c. 300 d. C.): “Sin embargo, voy a mostrar por el Evangelio que Cristo habla de hombres que poseen libre albedrío, ¡y no de principios!”. Acto seguido cita Mateo 7:15-16; Lucas 6:45; Mateo 5:19. (Habla Adamancio) Dialogue on the True Faith primera parte, cap. 821.c, p. 75

 

Teonas de Alejandría (300 d. C.) (parcial, “con todas tus fuerzas”): “Por tanto, debes esforzarte con todas tus fuerzas por no caer en una manera de pensar baja o deshonrosa, por no decir absolutamente infame…”. Epistle to Licianus the Chief Chamberlain 2. vol. 6, p. 159

 

Alejandro de Licópolis (301 d. C.): “Pero el hombre, siendo capaz de percibir y de juzgar, y siendo potencialmente sabio —pues tiene el poder de llegar a serlo—, cuando ha recibido lo que le es propio, lo pisotea”.  Of the Manichaeans cap. 15 (vol. 6), p. 247

 

Arnobio de Sicca (297-303 d. C.): “Yo [Arnobio] respondo: ¿acaso no libera por igual a todos quien a todos por igual invita? ¿O rechaza o aparta a alguno de la bondad del Supremo quien a todos por igual concede el poder de acercarse a Él: a los hombres de alto rango, a los esclavos más humildes, a las mujeres, a los niños? Para todos, dice, está abierta la fuente de la vida, y a nadie se le impide ni se le aparta de beber. Si eres tan desdeñoso que rechazas el don bondadosamente ofrecido; más aún, si tu sabiduría es tan grande que llamas ridículo y absurdo aquello que Cristo ofrece, ¿por qué habría Él de seguir invitándote, siendo su único deber hacer que el disfrute de su generosidad dependa de tu propia libre elección?” Arnobius Against the Heathen libro 2, cap. 64, p. 458

 

Arnobio de Sicca (297-303 d. C.): “Pero —dice mi adversario—, si Dios es poderoso, misericordioso y quiere salvarnos, que cambie nuestras disposiciones y nos obligue a confiar en sus promesas. Mas eso sería violencia, y no bondad ni generosidad del Dios supremo, sino una porfía pueril y vana por imponerse. Pues ¿qué cosa hay tan injusta como forzar a hombres reacios y no dispuestos a invertir sus inclinaciones, e imprimir por la fuerza en sus mentes aquello que no quieren recibir?”. Against the Heathen 2:64, 65. p. 459

 

Metodio de Olimpo (270-311/312 d. C.) afirma que quien sostenga que el hombre no tiene libre albedrío, sino que está regido por las necesidades ineludibles del destino, es impío contra Dios, pues lo hace causa y autor de los males humanos. The Banquet of the Ten Virgins discurso 8, cap. 16, p. 342

 

Metodio de Olimpo (270-311/312 d. C.), vol. 6, pp. 356-363, escribió una obra entera titulada Concerning Free Will. Dicho sea de paso, Metodio fue bastante crítico de Orígenes.

 

Atanasio de Alejandría (318 d. C.) afirma que el alma se apartó de la Verdad por abusar de la libertad de elección. Against the Heathen cap. 1, pp. 5-6

 

Lactancio (c. 303-320/325 d. C.): “Pues si quieres defender la religión mediante el derramamiento de sangre, los tormentos y el delito, ya no será defendida, sino contaminada y profanada. Porque nada hay tan propio del libre albedrío como la religión, en la cual, si la mente del que adora está mal dispuesta hacia ella, la religión queda al punto suprimida y deja de existir.” The Divine Institutes libro 5, cap. 20, p. 157

 

Lactancio (c. 303-320/325 d. C.) (parcial): “Y, no obstante, Él [Dios] puso delante de él [del hombre] tanto cosas buenas como malas, por cuanto le dio sabiduría, cuya naturaleza toda consiste en discernir lo malo y lo bueno; pues nadie puede escoger lo mejor ni saber qué es bueno si al mismo tiempo no sabe rechazar y evitar lo que es malo”. Treatise on the Anger of God cap. 13, p. 271

 

Eusebio de Cesarea (c. 318-325 d. C.): “Pero, además, esta opinión echaría por tierra la piedad hacia la divinidad si, encadenados como estamos por las necesidades del destino, ni Dios mismo ni el ministro de estos dioses oraculares nos prestaran ayuda alguna, ni en respuesta a nuestras oraciones ni en atención a nuestra piedad. ¿Y no sería del todo desvergonzado e insolente afirmar que somos movidos como títeres inanimados, llevados de un lado a otro por hilos de los que tira algún poder externo, para querer por necesidad esto o aquello y para escoger otras cosas contra nuestra voluntad? Pues claramente sentimos que deseamos esto o aquello por nuestros propios impulsos y movimientos; y de nuevo nos reprochamos nuestro descuido, y percibimos que por esta causa acertamos o no, sin sufrir coacción alguna de fuente externa, sino escogiendo algunas cosas por determinación voluntaria y rehuyendo y rechazando otras por deliberado propósito. Tan evidente resulta, pues, el argumento en favor del libre albedrío…, Preparation for the Gospel libro 6, cap. 6, p. 10

 

Eusebio de Cesarea (c. 318-315 d. C.): “Pues Dios no hizo mala ni la naturaleza ni la sustancia del alma, ya que un Ser bueno no puede crear sino lo que es bueno. Por tanto, todo cuanto es conforme a la naturaleza es bueno; y toda alma racional posee por naturaleza el buen don del libre albedrío, que le ha sido dado para escoger lo bueno”. Preparation for the Gospel libro 6, cap. 6, p. 14

 

Dicho sea de paso, los cristianos prenicenos hablaban con toda naturalidad también de la elección; no veían dificultad alguna en tratar a la vez de la elección y del libre albedrío.